viernes, 10 de julio de 2009

El Mentor del Dolor (parte IV)



It's Time


La terminal de Río Cuarto debería estar en el segundo puesto de terminales más sucias del país. Entre los cientos de rostros sucios y amargados emerge uno que parece ansioso. Camina con prisa, con su mochila gris en uno de sus hombros. Hace horas que nada ingresa a su estómago pero no parece importarle mucho. El frío penetra a los riocuartenses pero a él le está empezando a molestar el abrigo, le resulta excesivo. Se saca el gorro negro, mostrándole al mundo su calva blanca. Se llama Edgardo Lucero, tiene 34 años y una cuenta pendiente.

Lucero siempre odió a la gente a la que le transpiran las palmas de las manos, estrechar manos húmedas es una de las peores sensaciones que uno puede experimentar. Sin embargo, por primera vez en su vida a Edgardo le sudan las manos.

"Estoy a tiempo", piensa, "puedo volver ahora mismo, no hacer el rídículo y conservar mi dignidad". Luego se da cuenta que se está engañando. "Dignidad" es una palabra que dejó de usar hace mucho tiempo y no recuerda bien su significado.
Con un ademán nervioso le hace señas a un taxi que casi no para. El niño que le cierra la puerta recibe una propina de 20 pesos.
El que da una propina de 20 pesos no tiene nada que perder.
Nada.