
Dale play a La Muette
“Si no te hubiera amado más que mis ojos te hubiera odiado”
Catulo
Catulo
Los huevos tirados contra la pared, 1, 2, la banana pegada al techo de la cocina que iba tornando en colores hoscos, un moretón en la mano derecha y ninguna pregunta sobre lo que era normal en la vida.
Se levantó con la ropa puesta, buscando los zapatos brillosos y con cuidado de no pisar, en las baldosas, esa lámina de saliva y alcohol. Había sido otra fiesta de esas en las que los hombres rugen gutural y violentamente como si se los hubiera comido un mono, recordaba gran parte de la noche mientras recorría el pasillo hasta el baño, el pasillo que dividía la habitación de Atilio y la de Lucas.
Cuando ellos despierten, pensó, no querrán limpiar semejante mugre, van a querer prender fuego la casa, como dicen siempre.
La primera vez que fue a ese departamento, sólo había una cama en el comedor y un colchón, ella tenía un novio que la golpeaba, ellos estaban recién comenzando a vivir de a tres.
Alfredo, Lucas y Atilio habitaban unas paredes sin muebles, sólo existían dos guitarras y un teclado, que Alfredito usaba como batería, pasaban el tiempo con charlas de cine bélico, algo de filosofía, comida exótica y códigos grupales.
La noche que los conoció, llegó con una cinta roja en la cabeza y su perra, al sentarse en el sillón (el colchón) lo miró a Atilio, con esos aires que pegan como trompadas en la nariz, no sabían que podía existir el amor.
Soportando el soliloquio de un tenista, un guitarrero con temas de los 90 que gritaba “viva la patria, viva Perón!” el fantasma de una extranjera entrometida, varios hombres y desencuentros, entre esa noche, primera noche, y la de hacía unas horas, habían pasado 2 años.
Ahora, en el pasillo, sin novio golpeador, sin perra, con el departamento lleno de muebles y sin Alfredo, ella recorría por última vez esa casa.
En vez de ir al baño, abrió la puerta de la habitación de José y lo vio dormir sin su novia, sintió deseos de acariciar su pelo, recordó su manía por los cabellos, aún cuando ella misma, la tarde anterior había rasgado su pelo con un tijeretazo de coraje y reía como poseída con el puñado castaño en una mano y la tijera en la otra, saltando y gritando temas de flamenco.
Siguió a la cocina, entre las botellas de gin y coca, recordó dos cosas que unían la primera noche en esa casa y ésta, una era los ojos de Atilio, sus pupilas dilatadas, la misma forma, tono e intensidad, y la otra, lo que ella no sabía, que iba a llegar por vez primera y de improviso a ese departamento y que esa tarde lo estaba viendo por última vez.
Arrastrando el dolor de cabeza, quería despertar a Atilio, que arrinconado contra la pared trabajaba el sueño profundo de un ebrio, quería exigirle tener sexo, morder su nuca y arrancarle los ojos, pedirle con un escupitajo que decidiera, que hablara, que hiciera otra cosa además de mirar y hablar de su viaje. Pero sólo regresó a la cama, le dio un beso en la cabeza recién rapada, juntó sus apuntes de literatura policial, y volvió al pasillo, miró ambas puertas, encendió un fósforo recordando el gin derramado y salió.
Yararán.